El rey Salomón

Historia de los antepasados: de Salomón a Jeroboán
Si 47,12-24
Por sus méritos le sucedió a David un hijo prudente que vivió en paz: Salomón, rey en tiempos tranquilos, porque Dios pacificó sus fronteras; construyó un templo en su honor y fundó un santuario perpetuo.
¡Qué sabio eras en tu juventud, rebosando doctrina como el Nilo! Tu saber llenaba la tierra, cubriéndola con cánticos sublimes; tu fama llegaba hasta las costas, que deseaban escucharte. De tus cantos, proverbios, enigmas y sentencias los pueblos quedaban pasmados; te llamaban con el nombre glorioso con que llaman a Israel.
Pero reuniste oro como hierro y acumulabas plata como plomo; te entregaste a las mujeres, dándoles poder sobre tu cuerpo, echaste una mancha en tu honor e infamia sobre tu lecho, induciendo la ira sobre tus descendientes, y desgracias sobre tu tálamo. Pues el pueblo se escindió en dos partes con la usurpación del reino de Efraín.
Pero Dios no retiró su lealtad ni permitió que fallaran sus promesas; no aniquila la prole de sus escogidos ni destruye la estirpe de sus amigos, sino que dejó un resto a Jacob, y a David una raíz de su linaje.
Salomón descansó con sus padres y dejó por sucesor a uno de sus hijos: Roboán, rico en locura y falto de juicio, que con su política hizo amotinarse al pueblo. Surgió uno -no se pronuncie su nombre- que pecó e hizo pecar a Israel: Jeroboán, hijo de Nabat; fue un escándalo para Efraín, que lo condujo al destierro; enorme fue su pecado, se entregó a toda maldad.