Eucaristía en la festividad del Bautismo del Señor: Homilía del Obispo Vicente

Hermanos canónigos, sacerdotes, seminaristas, hermanos y hermanas en el Señor, familias que venís hoy a bautizar a vuestros hijos y a vuestras hijas, como decía al comienzo, estamos de fiesta, la fiesta del Bautismo del Señor, culminando así este tiempo litúrgico de la Navidad, en el que hemos celebrado el nacimiento del Hijo de Dios y su Epifanía a todos los pueblos como luz de las naciones. La fiesta del Bautismo del Señor es la fiesta de nuestro bautismo, de nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios, de nuestro ser miembros del pueblo de Dios. Es la fiesta de nuestra fidelidad y de nuestra misión. Por eso hoy es una magnífica ocasión para redescubrir y revitalizar la vivencia de nuestro propio bautismo que nos hace Iglesia y capaces de fraternidad.

Hoy celebramos que Jesús es el hijo amado del Padre y con él celebramos que también somos hijos amados y preferidos de Dios. Así se refleja el plan de Dios: hacernos hijos en el Hijo. Hoy, de manera especial, esas palabras del Padre Dios resuenan en esta catedral sobre estos niños que se van a bautizar: “Vosotros sois mis hijos, mis amados, mis preferidos”. ¡Qué regalo! Somos invitados a acoger este regalo del amor infinito de Dios con entera libertad y a responder con total responsabilidad para vivir nuestro compromiso bautismal, ofreciendo nuestra vida a la realización de la fraternidad.

Es lo que han de ir descubriendo poco a poco estos niños que hoy se bautizan. Y en eso tenéis una gran responsabilidad vosotros, sus padres, sus padrinos: que descubran que Dios les ama para que así cuando tengan capacidad y posibilidad puedan responder también a ese amor que Dios les ofrece.

Estamos ante una nueva Epifanía, una nueva Epifanía de Jesús. Su bautismo es todo un programa de vida. Él, hijo amado del Padre, se siente ungido y habitado plenamente por el Espíritu Santo y alentado a realizar su misión, comenzando así su vida pública. Jesús recibe el encargo y la tarea de traer el amor de Dios al mundo, la tarea de acortar distancias, acortar el espacio entre el cielo y la tierra, entre lo divino y lo humano. Con Jesús los cielos se abren y ya no hay distancias insalvables entre Dios y el ser humano. De hecho, el Espíritu Santo se posa en la realidad humana de Jesús y Él se pone a la cola para recibir el bautismo de Juan, solidarizándose así con su pueblo pecador, un pueblo que necesitaba encuentros y conversión a Dios, un pueblo que anhelaba colmar su esperanza.

Sin lugar a dudas, lo decisivo para Jesús, lo que va a marcar toda su vida es el Espíritu de Dios, su experiencia de un Dios Padre bueno, del que se siente hijo sin poder dejar de traslucir tanto amor como su Padre le ha manifestado, un amor que le llevará a la entrega total y definitiva en la cruz. El Espíritu de Dios es el aliento que crea, recrea y sostiene la vida. Es la fuerza que transforma, fuerza amorosa que genera lo mejor, que saca lo mejor de cada uno de nosotros.

Jesús, dice el Evangelio, va a pasar haciendo el bien. Así lo recordarán los primeros cristianos. Él ha venido para curar, bendecir y liberar. Pasó por la vida curando, curando las formas de vivir y de pensar, bendiciendo, ofreciendo, regalando, construyendo y no juzgando ni condenando, sino liberando de todo aquello que esclaviza, que deshumaniza. Ser bautizados, queridos hermanos y hermanas, es nuestra identidad, el fundamento de nuestro ser cristiano.

Y el bautismo llama a nuestra responsabilidad en dos dimensiones, hacia adentro y hacia fuera de la iglesia. Hacia dentro de la iglesia el bautismo nos hace hijos e hijas de Dios y por ello supone la incorporación a la Iglesia, la familia de los hijos de Dios, donde todos, todos somos iguales ante Dios. Se nos ha dado la capacidad de ser hijos e hijas de Dios para poder amar, sentir y actuar como tales. Ser hijos es un don, pero que conlleva la tarea de la fraternidad y la corresponsabilidad.

El mismo sínodo que está celebrando la Iglesia pone el acento en el bautismo como papel fundamental de los hijos de Dios, de los like en la Iglesia, donde debemos asumir nuestras propias responsabilidades. La sinodalidad enfatiza la igualdad de todos los miembros de la Iglesia en la dignidad que confiere el bautismo. Todos, todos los bautizados somos igualmente llamados a participar en la vida y en la misión de la Iglesia. Pero el bautismo nos empuja también a salir, a salir a la vida, al mundo, a salir de las paredes de la Iglesia y comprometernos en la sociedad que nos toca vivir. Porque el bautismo no solo nos integra en la comunidad, sino que nos envía a vivir y anunciar el Evangelio en medio del mundo, siendo testigos del amor de Dios.

Comprometidos, insertos, allí donde vivimos, trabajamos, compartimos relaciones, somos ungidos y enviados como discípulos misioneros. Ser bautizado supone ser otro Cristo haciendo la voluntad del Padre Dios. Y es voluntad del Padre vivir nuestra vida de creyentes desde la autenticidad, conforme a nuestra fe e intentando crecer en el seguimiento de Cristo. No dejemos, no dejemos nunca de confrontar nuestra vida y nuestra fe con la Palabra de Dios, dejándonos acompañar por la comunidad de cristianos, por la Iglesia.

Y es voluntad de Dios que vivamos nuestras relaciones con los demás desde la cercanía, la compasión y la ternura, porque ese es el estilo de Dios. No podemos olvidar que nuestras relaciones con los otros deben tener como base dos realidades: la justicia y la misericordia, que no son otra cosa sino expresión del amor de Dios hacia nosotros y de nosotros hacia los demás.

Y esto nos compromete, queridos hermanos y hermanas, a la defensa de la vida desde su concepción hasta la muerte de forma natural. Nos compromete a la defensa de los más pobres, de los enfermos, a los que están solos, de los migrantes, de las víctimas de abuso, de la violencia, nos compromete a defender las oportunidades para un acceso a la vivienda justa y accesible, para un trabajo digno para todos, especialmente hoy día para los jóvenes que están resultando ser uno de los colectivos más vulnerables.

En definitiva, ser bautizados es presentarnos ante el mundo con un estilo de vida evangélico, un estilo de vida fundado en las palabras del Padre Dios: “Tú eres mi hijo, tú eres mi hija y en ti me complazco”. Y en el cálido susurro de ese amor que abraza nuestra existencia, acunados en la ternura de Dios, salimos, salimos a vivir cada día el regalo de ser hijos de Dios y a compartir la fraternidad. ¡Cómo cambiaría el mundo si cada vez fuéramos más conscientes de esto, hijos y hermanos que se acogen, se acompañan, se cuidan, se quieren y construyen familia!

Felicidades. Felicidades a estos niños y a sus familias. Hoy desde el cielo, el Padre Dios sonríe porque se acrecienta su familia. Que así sea.

[Transcripción de las palabras del obispo Vicente realizada por Javier Alonso]