Homilía del cardenal José Cobo en la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones (26-04-2026)

Hay muchos momentos en la vida donde uno se pregunta: ¿y todo esto para qué? Seguro que os ha pasado en muchos momentos. No lo decimos en voz alta pero, de una manera u otra, en muchos momentos, como decía, cargamos con esta pregunta. A veces esta pregunta aparece cuando estamos cansados o cuando tenemos mucho éxito, pero, en definitiva, es una pregunta que siempre nos ronda y es: ¿qué sentido tiene mi vida? ¿Qué sentido tiene lo que hacemos? Lo que hemos hecho hoy, en lo que nos empeñamos.

 

Quizá la fe no empieza dando respuestas rápidas, sino lo primero que hace la fe es capacitarnos para escuchar con verdad esta pregunta. Pero antes que responder, hay una experiencia vital que nos ofrece la fe. Antes de responder, hay que abrirse a esa experiencia de que Dios te busca, que Dios nos busca. Jesús lo dice con claridad: “Siempre Dios es quien toma la iniciativa”. No es alguien lejano a quien tengamos que alcanzar, sino alguien que no se cansa de buscarnos primero, que nos conoce más que nosotros mismos con una verdad y una ternura que nosotros no alcanzamos a comprender.

 

Lo que es necesario para entrar en esta intuición es escucharle, porque Jesús nunca nos ha presentado a un Dios que se resigna a perdernos, sino un Dios que nos conoce en lo más hondo. “Yo soy el buen pastor. Conozco a mis ovejas y las mías me conocen”. Hasta el punto de decir también Jesús en otro momento: “Hasta los cabellos de vuestra cabeza los tenéis contados”. Por eso la fe esa que celebramos hoy este domingo no comienza cuando entendemos a Dios ni cuando encontramos a Dios, sino cuando nosotros descubrimos que Dios en su amor nos está buscando. Y eso cambia la mirada. No tenemos que inventarnos una vida con sentido desde cero ni preguntarnos por el sentido de la vida desde cero, ¡no! Sino empezar dejándonos encontrar en cada momento de la vida por aquel que ya nos conoce, que sabe quiénes somos y que precisamente por eso nunca nos va a dejar de su mano.

 

Ninguno de nosotros estamos hoy aquí por casualidad. Ninguno de nosotros vamos dando pasos simplemente por casualidad. Si estamos aquí es porque hay Alguien que nos ha llamado primero. Si así lo acogemos, descubrimos que la vocación no empieza cuando decidimos algo en la vida, sino cuando notamos que la vida va a Dios y viene de Dios y nos dejamos encontrar por este Dios. Lo único que se nos pide hoy para responder a la vocación y para vivir la fe como vocación es entrar por su puerta. Jesús lo ha dicho y así conforma una imagen preciosa.

 

Él es la puerta, una puerta que se abrió para todos nosotros en el día del bautismo y que pide en cada momento dejarla abierta para poder seguir caminando por el camino que ese día comenzó. Cristo es una puerta especial. No estamos acostumbrados a estas puertas porque Él no violenta, no impone, no entra la fuerza. Es una puerta que invita, como esas puertas que siempre están abiertas y nos invitan a pasar si queremos.

 

Nuestro Dios no asalta. Nuestro Dios siempre llama y de esa forma, con ese tono de voz. Y esto es muy importante hoy porque vivimos en un mundo lleno de presiones, de publicidades, de expectativas, de comparaciones, de modelos que nos imponen. Y en medio de todas estas cosas, Cristo no pretende competir. Sería una trampa querer competir o que la Iglesia quisiese competir. Cristo habla al corazón. Reconocerlo es aprender a distinguir su voz que es especialísima entre tanto ruido que tenemos alrededor. Una voz que habla al corazón, una voz que habita el corazón, aun cuando nosotros no estemos en él.

 

Pero Jesús también hoy nos advierte, hay forma de entrar en el sentido de la vida o de intentar responder para qué vale esto, pero hay gente que no entra por la puerta, sino que saltan por otro lado y uso una palabra fuerte: son ladrones. No es un lenguaje para asustar, sino para que despertemos, porque también hoy existen puertas falsas, caminos que aparentemente usa todo el mundo y que parecen válidos, pero que en el fondo nos alejan de la vida verdadera y de lo que significa la vocación. Son ladrones cuando tomamos el Evangelio a trozos, quedándonos solo con lo que nos gusta y dejando a un lado las cosas que nos incomodan. Porque entonces ya no es Cristo quien nos guía, sino nos hacemos un Cristo a medida. Entrar con un Cristo a medida es saltar por otro lado, porque no pasamos por la totalidad de Cristo, sino por nuestra selección exclusiva. Es pasar por otro lado o ser ladrones cuando la ideología se pone por encima de la fe absolutizando ideas, aunque sean buenas, pero por encima del Evangelio, porque eso poco a poco endurece el corazón y hace que las ideas estén por encima del Evangelio. Entonces, la fe deja de ser un don, deja de ser un encuentro y se convierte en una trinchera o en un lugar de combate con los demás. Son ladrones o es entrar en otro lado cuando vivimos una fe porque así lo hace todo el mundo, porque es la presión del ambiente, el cristianismo sociológico el que simplemente nos lleva y nos empuja. Pero el buen pastor no guía por presiones ni por mayorías, sino por su voz y por aprender a descubrir su voz. Es entrar por otro lado ser ladrones cuando imponemos nuestro criterio y vivimos una fe sin comunión, olvidando la importancia que decía San Ignacio de Loyola de sentir con la Iglesia y discernir juntos. Porque una puerta falsa es creer que mi criterio personal basta, que no necesito escuchar, contrastar, caminar con otros. Entonces, la fe se vuelve individualista, se rompe la comunión y dejamos de entrar por Cristo para entrar por la puerta de nosotros mismos.

 

La puerta, queridos hermanos, por lo tanto, es sencilla: Escuchar la llamada del Señor que ya se sembró en nuestro bautismo y vivir nuestra vida como respuesta a esa llamada de Dios. Lo que viene de Cristo sabemos que da vida. Lo que no apaga la vida: este es el criterio de saber si estamos o no entrando por esa puerta. Por eso Jesús dice: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia." Las puertas falsas prometen mucho, pero cansan, vacían, endurecen. Cristo, en cambio, ensancha el corazón.

 

La pregunta de hoy es: ¿cómo atravesamos esta puerta? ¿Y cómo oramos y colaboramos para que otros atraviesen esta puerta que es Jesucristo? Para entrar por esta puerta, lo primero que necesitaremos es vivir el bautismo de cada uno de nosotros como llamada, atravesar la puerta empieza que ya Dios la abrió el día de nuestro bautismo y allí comenzó todo. La vida cristiana nace cuando descubrimos que somos llamados antes que incluso elegir, que nuestra vida no solo es nuestra, sino que está habitada por una voz de Dios que siempre nos invita. Ahí empieza nuestra vocación.

 

Cada uno la vivirá de forma distinta: en el matrimonio, en el sacerdocio, en la vida consagrada o en medio del mundo, pero todos con una misma certeza. Hay un camino que Dios sueña para el mundo. Y en ese sueño de Dios hay un camino que Dios sueña para ti dentro de su misión única. Ahí estás tú: vivir el bautismo pero con esta convicción hay otra forma también de atravesar esta puerta. Como os he dicho durante este rato, es necesario escuchar la voz de Cristo. “Mis ovejas escuchan mi voz”. Es necesario aprender a escuchar. Sí. Saberse de memoria el tono de la voz de Jesús. Ese es el aprendizaje de todo cristiano. El gran problema no es simplemente hablarle a Dios y que Dios escuche mi voz, sino aprender en cada momento de la vida, en el lunes, en el martes, el domingo. Aprended cuál es el tono de la voz de Dios. Por eso, orar no es solo decir cosas, es estar, es abrir espacio para escuchar el tono de Dios y dejar que Cristo vaya afinando el corazón poco a poco en las decisiones pequeñas y en las grandes, sabiendo que es una voz que no aplasta, que no engaña, sino que orienta, que da luz y siempre da paz.

 

Y por último, para entrar por esta puerta, para atravesarla, es necesario caminar juntos y no hacerlo en solitario. Necesitamos comunidades que ayuden a escuchar. Necesitamos comunidades, como dice la campaña de este año de la Oración mundial por las vocaciones, que nos enseñen a orar juntos, orar unos por otros, porque atravesar esta puerta no es un gesto individual. Cristo no llama a personas aisladas, llama a un pueblo, siempre a un pueblo, a un nosotros. Atravesar esa puerta es vivir en comunión, sostenernos unos a otros, rezar unos por otros, como habéis estado haciendo todo este fin de semana, discernir todos juntos, porque no existen vocaciones individuales. Cada vocación necesita de los otros, porque la vocación llama la misión y la misión no se inventa en solitario, se descubre cuando caminamos como Iglesia.

 

Queridos amigos, hoy rezamos por las vocaciones, pero no podremos rezar si no renovamos nuestra vocación, la de cada uno de nosotros. No se trata de empezar de cero, sino de retomar ese camino bautismal, dejando que Cristo vuelva a ser la puerta para que entre en nuestras decisiones, en nuestras relaciones y en nuestros proyectos. Renovar la vocación es volver a escuchar, dejar otras voces y preguntarnos hoy con verdad: ¿por dónde estoy entregando mi vida?

 

¿Por dónde estoy entregando mi vida? No si hago lo correcto, sino a quién sirvo, cómo entrego mi vida y desde ahí con humildad y confianza volver a elegirle a Él, sabiendo que la fe madura cuando aprendemos a discernir la voz de Dios en medio de tantas otras y cuando nos dejamos conducir no por el miedo o la presión, sino por esa voz serena del buen pastor que siempre nos abre caminos de vida.

 

La puerta está abierta, Cristo está delante.

 

Hoy es un buen día para dejarnos encontrar, para escuchar su voz y para escucharla juntos. Y así la vida, nuestra vida, se irá llenando de esa luz que no engaña, esa vida que conduce a la vida eterna.