Homilía del Cardenal José Cobo en la solemnidad de Santa María, Madre de Dios y Jornada Mundial de la Paz
“El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (Números 6, 26). Así comienza el año, no con un balance ni con un reproche, sino con una bendición. Dios inaugura este año nuevo ofreciéndonos su rostro, ni más ni menos, y regalándonos la paz. Y solo quien sabe acoger esta bendición puede convertirse a su vez en bendición para los demás y en regalo para vivir un tiempo con sentido, dándole y llenándolo de sentido. Seguro que aún resuenan las uvas de anoche, las celebraciones compartidas, los abrazos, los encuentros, también los silencios, las soledades, las ausencias.
Nuestra ciudad entra siempre en el nuevo año entre fiesta, petardos, cansancios, pero también heridas. Nosotros, los cristianos, queremos hacerlo además con un tono nuevo. Queremos comenzar el año de la mano de María, madre de Dios, porque ella es quien nos ayuda a cruzar los umbrales de un año a otro, de un día a otro, de una etapa a otra, siempre ella, María, mujer, discípula y madre de un Dios que se hace carne y que siempre se queda entre nosotros.
Y además hoy no venimos a misa solo para desearnos cosas buenas. Nos reunimos para acoger responsablemente la bendición de Dios, esa que hace sobre el tiempo y, así, asumir lo que eso significa, ser instrumentos de su paz en el año que se nos regala. Y esa paz no es simplemente ausencia de guerra, no es una paz frágil que se sostiene por el miedo o por nuestras fuerzas. Es la paz de Dios, la paz profunda de la que ya hablaba San Juan XXIII en “Pacem in terris”, una paz que se edifica sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad.
El primer día del año miramos a María, madre de Dios y así madre de la paz. Y al hacerlo, estamos confesando hoy algo decisivo, que Dios ha querido entrar en nuestra historia naciendo de una mujer. Ya no es un Dios lejano o inaccesible. A Dios podemos llevarlo a casa, podemos abrazarlo, llamarlo “abba” padre con la confianza que solo tienen los hijos. Y hoy contemplamos a María, que observa, como hemos escuchado en el evangelio, lo que hacen con su hijo y que guarda todo en el corazón. Mientras los pastores hablan y cuentan, ella calla. Mientras los pastores cantan, ella custodia. María enseña a tejer la paz contemplando antes que nada a Cristo que está ahí, carne y realmente encarnado. Y es que la paz siempre comienza así: cuando alguien decide responder al silencio, no responder al ruido con ruido, sino abrir un espacio interior donde Dios pueda hablar. Por eso la paz necesita silencio, escucha, respeto. Sobre todo cuando recordamos que en cristiano, pase lo que pase, no tenemos enemigos, sino hermanos.
Pero es verdad que vivimos en un mundo sediento de paz y quizá hoy esa sed se hace más evidente. Pero, ¿qué paz buscamos? ¿A qué estamos hablando? No, no nos referimos a la paz de los cementerios, ni solo la simple ausencia de conflictos, sino hay una paz más honda que brota de una relación viva con Dios y con los demás. Y sin embargo, el mundo, por mucha luz y celebración que se lance por las cadenas de televisión, vive lleno de violencia, de quejas, de polarización. Vivimos en un clima bélico con un aumento alarmante del gasto militar.
El Papa Francisco ya decía y hablaba de la tercera guerra mundial a pedazos y hoy el Papa León así lo confirma. Aparecen nuevas formas de violencia, guerras híbridas, ciberataques, discursos de odio, crispación constante, violencias simbólicas y estructurales que no siempre se ven, pero que destruyen la vida de muchas personas. Y esta violencia no empieza con las armas, empieza con la palabra concreta que humilla, con el gesto que desprecia, con la mirada que ignora al otro.
Vivimos rodeados de violencia y de quejas, como si el lamento fuera el único idioma que supiésemos hablar. Nos quejamos de todo, de los demás, de la Iglesia, de la vida, incluso de Dios. Y tanto nos quejamos que ya no nos queda elegía para construir. Hemos convertido el diálogo en un combate y en la diferencia en una amenaza a la que tenemos que reaccionar. Por eso necesitamos acoger la bendición de Dios. Él es el que nos saca de este ciclo sin salida, porque la paz es ante todo un don que viene de lo alto. Pero precisamente porque es don se convierte también para todos nosotros en tarea. Si no se vive, si no se cuida, si no se custodia, la violencia acaba infiltrándose en nuestra vida, en la vida familiar, en la vida pública y también en la Iglesia.
No es casual que la Iglesia el primer día del año celebre la jornada mundial de la paz. No es casual porque es ahora principalmente necesario y urgente. Esta jornada fue instituida por San Pablo VI y fue una intuición profética recordar a los creyentes y no creyentes que la paz es el primer bien de la humanidad. Hoy resuenan con fuerza aquellas palabras de Pío XII: “Nada se pierde con la paz, todo puede perderse con la guerra” (Radiomensaje del 24 de agosto de 1939).
Así nosotros, la de Madrid quiere ser una iglesia de paz. Queremos ser una iglesia de paz. Nuestra ciudad con sus barrios, sus pueblos es plural y diversa. Madrid es ciudad de paso y de abrazo. Nadie pregunta aquí demasiado de dónde vienes. Basta con acercarse para que acabemos siendo cercanos. Es verdad. Al comienzo de un nuevo año soñamos un Madrid que sea hogar de paz como Belén, un lugar donde se desarmen las palabras y los pensamientos. Apostamos, como dice el Papa, por una paz desarmada y desarmante, hecha de fraternidad, justicia, perdón y reconciliación.
Para eso necesitamos memoria, sí, pero también una memoria sanada y sanante, una memoria pacífica y pacificada, capaz de soltar agravios. Cuando acumulamos cuentas pendientes, la vida se vuelve un campo minado. Sin perdón, el pasado oscurece el futuro. Sin perdón no hay paz. Por eso, Madrid es un cruce de procedencias, también de heridas, pero también de esperanzas a las que somos enviados como misioneros de la paz.
No resolveremos los grandes conflictos del mundo, pero sí podemos cuidar lo cercano, la familia, la convivencia vecinal, la vida política, la vida comunitaria y de manera prioritaria estamos llamados a hacer más fraterna, cercana y habitable nuestra Iglesia. Sin paz, sin cultura del encuentro, sin vínculos reales, sin proyectos compartidos y sin misericordia, no construiremos nada duradero.
Ser misioneros de paz implica gestos concretos: escuchar antes que juzgar, cuidar las palabras, acoger al diferente, no demonizar a nadie, no permanecer indiferentes ante el dolor evitable, apostar por la no violencia, evitar el sufrimiento de las personas y también recordar a los pueblos olvidados y a las guerras que no salen en la tele.
La paz necesita de todos y se sostiene con pilares firmes: verdad, justicia, amor y libertad. Sin verdad se rompe la confianza. Sin justicia no hay paz duradera. Sin amor la convivencia se enfría. Sin libertad la paz se asfixia, porque la paz no es solo la ausencia de conflictos, sino fruto del diálogo y del perdón. Pero no olvidamos que esto es una tarea que, como decíamos, viene de Dios y no es fácil.
La paz no es ingenuidad, es una tarea sagrada que brota del Evangelio y de la no violencia de Cristo. Por eso os invito a pedirla con insistencia y a trabajarla cada día. Es frágil y necesita cuidado. Para que sea creíble, nuestra Iglesia ha de ser un verdadero “convivium”. Os sonará, un lugar de encuentro, de oración, de diálogo fraterno y de vida vivida desde la fe, la esperanza y la caridad. Esto es lo que venimos haciendo en tantos lugares. Esto es lo que hacemos mensualmente en las vigilias mensuales de oración por la paz. Eso es lo que haremos en la asamblea de sacerdotes que celebraremos, que hemos llamado “convivium”. Eso es lo que hacemos en cada eucaristía.
Queridos hermanos, es hora de acoger la bendición y ser misioneros de la paz de Dios de la mano de María. Esto se hace hoy con un gesto sencillo, lo hemos escuchado en el evangelio: Poner nombre al niño. Hoy se nos llama a nombrar a quien se nos entrega, a quien hemos de cuidar como hijo de Dios. No es una idea ni un propósito más del año. Es concreto y tiene nombre. ¿Cómo acoges a Jesús este año concreto? ¿Cómo lo cuidas? ¿Y cómo lo encuentras? Porque él tiene nombre, está y se llama Jesús. Esto es el Señor salva. Un niño nacido bajo la ley que abre las puertas de la gracia a todos. La encarnación es el compromiso más hermoso de Dios con la paz. No se impone, se ofrece, no obliga, dialoga. Solo el bien desarma el conflicto. Solo la verdad convence. Solo la belleza atrae. Esa es la elocuencia del niño indefenso entre María y José.
Queridos hermanos, comencemos el año bajo el signo de la paz, no como un deseo ingenuo, sino como una llamada exigente. María nos enseña que la paz nace dentro y se derrama fuera y que acoger a Dios es siempre el primer gesto pacificador. Que este año nuevo haga de nuestra Iglesia en Madrid un espacio bendecido y de cada una de sus comunidades un auténtico taller de paz. Que María, madre de Dios y madre nuestra, nos guarde en su corazón y nos enseñe a ser artesanos y custodios de la paz.
¡Feliz año nuevo de corazón! Que el Señor nos muestre su rostro y nos conceda la paz y que sepamos acoger al estilo de María esta bendición.
[Transcripción de las palabras del Cardenal José Cobo realizada por Javier Alonso]