Palabras del cardenal José Cobo en la Clausura de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos
Gracias. Queridos hermanos y hermanas, amigos y amigas en Cristo: Este gesto, esta oración que estamos teniendo, lo hacemos, como os decía al principio, en el corazón de esta ciudad, en una noche de viento y oscuridad, pero que gracias a nuestro encuentro, a nuestro ponernos delante del Señor, la hacemos más cálida y la hacemos una parábola de aquello a lo que estamos llamados. Concluimos esta semana de oración por la unidad de los cristianos y lo hacemos de la forma más fecunda que puede haber, poniendo nuestras vidas delante del Señor y dejándonos reunir por él para pedir, para pedir desde el corazón la unidad. Gracias por abrazar este encuentro.
La unidad que estamos pidiendo, la unidad que buscamos, no nace de simplemente de deseos formales o de actos o de estrategias. La unidad es la acción de un solo Espíritu, el paso de un Espíritu que ya está actuando en nosotros, que ora en nosotros y que trabaja pacientemente en nuestros corazones y nos abre a una sola esperanza que no defrauda.
También el lema de este año que hemos ahondado en esta semana, un solo Espíritu, una sola esperanza, coincide con haber clausurado hace poco el Jubileo de la Esperanza. Tantas gracias recibidas para renovar nuestra conciencia de que Jesucristo resucitado es nuestra esperanza frente a tantos vientos adversos.
Después también de un año intenso con celebraciones por el 1700 aniversario de Nicea, agradecemos ese encuentro que entre todos hicimos posible el pasado noviembre con todos los obispos de la Conferencia Episcopal Española en una celebración que ha sido muy importante para nuestras iglesias. Seguro que ese ha sido un nuevo paso, pero queridos hermanos, no podemos pararnos.
Durante estos días hemos peregrinado por distintos templos y comunidades. Hemos orado con palabras diversas, con cantos distintos, con sensibilidades no idénticas y, sin embargo, hemos conocido algo esencial: que es el mismo Espíritu quien nos convoca. una misma fe en Jesucristo, la que nos sostiene, y una misma esperanza, la que nos impulsa a caminar hacia esa unidad que es el Señor el que quiere.
Hoy, queridos hermanos, esta catedral para todos vosotros, para todas vosotras, quiere ser una casa con las puertas abiertas, especialmente en esta ciudad marcada por la prisa, el anonimato y también por tantas soledades. En este espacio queremos deciros unos a otros, con sencillez y verdad: estáis en casa. Cada vez que nos reunimos, queremos que en nuestra asamblea resuene aquel eco: que todos sean uno para que el mundo crea.
Esta unidad no es un adorno en la vida cristiana, ni es un objetivo opcional para cada una de nuestras tradiciones. Pertenece al corazón mismo del Evangelio. Ser uno forma parte del legado de Jesús y sigue siendo más que nunca una llamada urgente para esta generación. Esa unidad no llegará con un acto repentino. Comienza en el corazón de cada uno de nosotros.
No se edifica primero entre las instituciones, sino que empieza en personas concretas, con nombres y apellidos como los que estamos esta noche en esta catedral, que aceptan ser transformados por el Espíritu. Nace esta unidad cuando hacemos el compromiso de reconocer nuestra propia fragilidad, que es la que nos une, y reconocernos frágiles. Esta unidad nace cuando renunciamos a la autosuficiencia y dejamos espacio para que Dios actúe. Allí donde el Espíritu encuentra un corazón humilde y disponible, la unidad empieza a germinar. Sí, hermanos, es el Espíritu.
Por eso esta unidad que hoy oramos no se fabrica, se recibe. Los cristianos colaboramos, pero no controlamos el proceso. A nosotros ahora desde esta tarde nos queda caminar a ritmo de paciencia, humildad y confianza en el tiempo de Dios. Así la unidad del Espíritu crecerá mientras caminamos, no cuando pretendamos poseerla. Es obra de un solo Espíritu que sigue conduciendo a la Iglesia hacia la plenitud de la comunión y hoy encuentra nuestros corazones abiertos a su acción.
Hermanos, en este mundo que vivimos, queremos hoy también en esta noche mirar a tantos mártires y cristianos perseguidos y comprobamos que el ecumenismo es un imperativo. En muchas partes del mundo los cristianos son masacrados no por su confusión, sino simplemente por ser discípulos de Cristo. Allí, en medio del sufrimiento, se manifiesta con fuerza que hay un solo Espíritu que sostiene y una sola esperanza que no puede ser destruida ni con la muerte. Si otros nos reconocen unidos en el dolor, ¿cómo no vamos a buscar nosotros la unidad en la vida cotidiana de nuestras tradiciones?
Pero el ecumenismo también es un camino de verdad y de caridad. Cuando los cristianos servimos juntos, la unidad deja de ser un ideal y se vuelve testimonio. Cuando nos inclinamos juntos ante las salidas del mundo, la comunión deja de ser una idea y se convierte en el rostro de Cristo, uno para que el mundo crea. Y no olvidamos que frente a los poderes políticos en una sociedad urbana y plural como la nuestra, compartimos todos los que aquí estamos una responsabilidad común: anunciar con humildad y claridad la belleza de la fe y así defender juntos la libertad religiosa como un bien para todos, no para encerrarnos, sino para servir, no para imponernos, sino para dar testimonio de la esperanza, cuidar la dignidad de cada persona y proteger la vida en todas sus etapas.
Queridos hermanos y hermanas, gracias. Gracias por ser corazones abiertos a la unidad.
La unidad por la que estamos orando no es un acto secundario, es el camino de la Iglesia. No es obra nuestra, sino don del Espíritu Santo, que armoniza la diversidad de carismas y nos conduce, nos está conduciendo ya hacia la comunión plena.
Espíritu Santo único, haznos avanzar desde el corazón con gestos, palabras, paciencia y alegría.
Que la esperanza a la que se nos convoca nos mantenga firmes en el camino siempre cerca de Cristo, para estar así cada vez más cerca los unos de los otros y así siendo uno, posibilitar que el mundo crea.