Palabras del cardenal José Cobo en el Triduo Pascual

Jueves Santo

Gracias a todos los que hacéis posible esta tarde este precioso cenáculo. Gracias, don Adolfo, don Juan Antonio, don Vicente, obispos, gracias a todos los vicarios, sacerdotes, a todos los consagrados y consagradas que estáis con los seminaristas. Gracias a todos, incluso los que no podéis sentaros porque hoy la catedral se hace un poco pequeña. Gracias.

Todos, todos tenemos una experiencia viva de la Eucaristía. Esta tarde es un buen momento para traer aquí y seguro que la tenéis cada uno de vosotros nuestra vida. recuerdos, momentos en los que el Señor a lo mejor ha tocado nuestro corazón, eucaristías especiales que hemos vivido, lugares donde a lo largo de nuestra vida, y seguro que los hay porque los llevamos ahí en el corazón, donde hemos sentido la presencia del Señor.

Quizá hoy lo más importante es volver a esos momentos que nos han tocado a través de la Eucaristía, volver allí donde hemos encontrado la vida del Señor, donde hemos sentido, porque por eso estamos aquí, que Él estaba realmente presente, sosteniéndonos, alimentándonos, transformándonos por dentro. Esa experiencia es la que ponemos hoy delante. La cena del Señor es el prólogo de la pasión. Es el marco en lo que todo cobra sentido. Pero más profundamente, la Eucaristía es la síntesis anticipada de la pasión. En ella, Jesús adelanta libremente la entrega que culminará en la cruz. Aquí comienza todo.

Esta es la hora. Jesús insiste, esta es la hora. No es simplemente un momento cronológico. Esta es la hora, pero es la hora de la entrega, de la entrega total, la hora en que la vida, su vida alcanza su pleno sentido. En ella se une la voluntad de amor del Padre y la necesidad profunda de los hombres. Y desde entonces sabemos que cuando hay entrega, cuando hay entrega comienza la hora de Dios. Comienza cuando en lo oculto te das a los otros. Comienza cuando sirves sin ser reconocido o reconocida, cuando sostienes, cuando perdonas, cuando te desgastas por amor, aunque no te lo agradezcan, cuando te desgastas y no solo por aquellos que te caen bien, sino generosamente con todos.

Esa es la hora de Dios. Ahí entra Dios. Ahí se hace presente la hora que comenzó con Jesús. Por eso Jesús esta noche no actúa como dictaría el instinto. Cuando se ve acorralado, no se repliega sobre sí mismo, no calcula, no se protege, no busca salvarse a sí mismo como hace todo el mundo. Hace exactamente lo contrario. Cuando está acorralado, Jesús se entrega. Cuando está acosado, Jesús se entrega, se deja partir para mostrar el amor sin medida del Padre. Se deja herir para unir a Dios y a los hombres en un abrazo de perdón y así cumple la voluntad del Padre. Por eso sus palabras, nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente. Cuando llegue a la cruz, todo estará ya decidido, porque la entrega no empieza en el Calvario, empieza aquí en la Eucaristía, entrega sin filtros ni condiciones.

Esa es la corriente en la que esta tarde también nos inserta. Una corriente que empieza desde que Pedro, sin entender, se deja también lavar por este río de entrega. Y cuando llega la hora se abre también la vida de la comunidad. La Eucaristía está profundamente unida a la comunidad. La entrega eucarística crea comunión. Si la Iglesia existe como comunidad es porque nace continuamente de esta mesa, una mesa que crea familia.

Si pensamos en la misión de la Iglesia y también en la misión de los sacerdotes como servidores de la comunión, descubrimos que esa comunión tiene su fuente en la Eucaristía. Nuestras comunidades cristianas no nacen de acuerdos ideológicos ni de negociaciones para encontrar un punto medio entre opiniones que son diferentes. No son el resultado de consensos humanos, como pasa tantas veces en otros ámbitos en nuestra sociedad. La comunidad cristiana nace de algo mucho más profundo. Nace del don del amor de Jesucristo, nace de la fuerza del Espíritu, nace de la fe compartida en el Señor resucitado. Por eso la Eucaristía es al mismo tiempo expresión y fuente de la comunidad.

En la Iglesia primitiva, la Eucaristía hacía posible la unión de los corazones. tener un solo corazón y una sola alma, compartir la vida, sentirse verdaderamente hermanos. Por eso la Eucaristía al ser de la comunidad es un espacio de reconciliación. No se puede vivir la Eucaristía sin ofrecer y recibir perdón. Nuestras comunidades que nacen de la Eucaristía deberían ser lugares donde sea posible siempre reconciliarse, donde se aprende a perdonar, donde la fraternidad venza nuestras divisiones y así podremos servir a un mundo dividido. Por eso la Eucaristía desde el lavatorio nos interroga a todos los bautizados también al pertenecer en la comunidad sobre cómo ejercemos la autoridad en la Iglesia desde este modelo que Jesús nos muestra. Jesús que se quitó el manto y se puso a lavar los pies a los discípulos. Esta autoridad radical de Jesús, nosotros es verdad que no la podremos tener nunca, pero no renunciemos a buscarla, a reflejarla, al menos parcialmente. Esta es la autoridad que hoy puede expresar la Iglesia, el servicio sacrificial anudado a la Eucaristía, vivido siempre al ritmo de la palabra de Dios.

Y además, hermanos, esta mesa, esta que celebramos hoy en este cenáculo tiene una dimensión profundamente evangélica. Esta es la mesa de los pobres y de los últimos. En las parábolas de Jesús, el banquete del reino se llena con los pobres, los lisiados, los que nadie tiene en cuenta. Aquí no hay primeros puestos. Los últimos son los primeros. Esta es una mesa abierta, una mesa donde caben los diferentes, donde no hay nuestros y vuestros. Así, la Eucaristía es expresión de la universalidad del amor de Dios. Por eso esta Eucaristía que hoy celebramos es también, como anuncia el profeta Isaías, un banquete preparado por Dios para todos los pueblos. En esta mesa nadie queda excluido, nadie es extranjero. Cada Eucaristía anticipa aquí en la tierra el gran banquete del reino donde Dios quiere reunir a la humanidad entera. Decía San Gregorio Magno que cuando celebramos el misterio debemos reconocernos iguales, porque uno es el Señor que recibimos.

En pocos momentos y en pocos lugares tenemos la oportunidad de vivirlo con tanta intensidad. En cada parroquia, en cada comunidad, cuando celebramos la Eucaristía, aprendemos a mirarnos como hermanos, mucho más allá de nuestras diferencias y empezamos a descubrir que nuestra fe no levanta fronteras, sino que abre continuamente caminos de encuentro. Y así, finalmente, la Eucaristía nos envía al mundo. Hoy entendemos que la Eucaristía no termina en el templo, nos hace eucarísticos de por vida porque nos envía juntos y a cada uno de nosotros a la misión.

Esta misión debería estar profundamente marcada por esto que hoy contemplamos, la entrega gratuita, el servicio humilde, el amor que no busca recompensas en medio de la vida. Por eso Jesús dice y nos dice hoy, "Haced esto en memoria mía." No se refiere solo a repetir un rito, se refiere a reproducir su vida eucarística en cada forma de pensar, de sentir, de respirar. Hacer esto significa vivir como él ha vivido, entregar la vida, buscar la voluntad del Padre, llevar esperanza, crear en definitiva fraternidad. Por eso no se puede entender la Eucaristía. sin el lavatorio de los pies. En ambos gestos aparece y es el mismo mensaje. En la Eucaristía Jesús se entrega. En el lavatorio Jesús se abaja, se pone de rodillas y se pone al servicio de todos. No es un ejemplo moral, es la revelación de quién es Dios.

Dios es amor que se hace servicio. Comulgamos y estamos ante el misterio revelador, no de lo que Jesús hace, sino de lo que Jesús es. Estamos delante de algo más que un gesto. Estamos ante la forma de ser de Dios. Y de este doble gesto, pan partido y lavatorio, nace también una llamada muy concreta para este tiempo que vivimos.

Nos llama a ser sembradores de paz en este mundo violento. Quien participa en la Eucaristía no puede alimentar divisiones, violencias o enfrentamientos. La mesa del Señor nos educa en la reconciliación, nos enseña a perdonar, a ponernos de rodillas y acercarnos al hermano para reconstruir la fraternidad herida. Por eso la Eucaristía siempre y más que nunca ahora nos envía al mundo como artesanos de paz, alimentados por el mismo pan y lavados por el mismo amor, salimos a nuestro mundo para sembrar la paz que nace del lavatorio.

Jesús hoy nos da de comer, se arrodilla delante de cada uno de nosotros, y nos lava los pies. Este abajamiento continúa en la Eucaristía y se prolonga en la vida. Cristo, queridos hermanos, hoy se queda con nosotros para siempre. Se hace pequeño, se hace pan, permanece en medio de nosotros hasta el final de los tiempos. Por eso, esta tarde al acercarnos a la mesa del Señor, quizá podíamos pedir algo muy sencillo, Señor, que no nos acostumbremos nunca a la Eucaristía, que cada vez que escuchemos Tomad y comed, recordemos que ahí está tu vida entregada por amor. Que esta mesa haga de nosotros una iglesia más fraterna, que alimentados con tu pan, sepamos salir al mundo para vivir con humildad, servir con alegría, sembrar tu paz y amar como tú. Ahora solo queda una pregunta.

¿Quieres entrar en esta forma de vivir, de pensar y de salvar?

Jesús nos apunta la respuesta. Haced vosotros lo mismo.

 

 

Viernes Santo

Acabamos de escuchar la pasión del Señor y cada año sucede algo extraño. Es un relato que conocemos, pero no deja nunca de herirnos un poco el corazón. Porque esta historia no es una narración antigua. Estamos ante el misterio central de nuestra fe:  Dios que ama hasta el extremo en cada momento y en cada vida.

La cruz no es simplemente el final trágico de la vida de Jesús. La cruz lo que nos explica es hasta dónde llega el amor de Dios por cada uno de nosotros. El evangelio lo dice con una frase sencilla y desarmante: Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”. Sí, hasta el extremo, hasta donde ya no se puede amar más.

Y la cruz es eso, la pasión de amor de Dios por la humanidad. No es solo la historia del sufrimiento de un hombre que fue justo y bueno, es la historia de Dios que no retira su amor y su cariño cuando el ser humano falla. Jesús mismo lo había dicho: "Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente." Y no pide nada a cambio. La cruz no es un accidente.

La cruz nos explica el sentido y la dirección de ese amor que el Padre nos ofrece. Se trata, y así lo contemplamos en la liturgia de hoy, de mostrarnos la entrega de la vida como el rostro del amor.

San Pablo lo dice con palabras que todavía nos sobrecogen: “Me amó y se entregó por mí”. Por mí, por cada uno de nosotros.

Pero el viernes santo no se comprende solo con la cabeza, se comprende con el corazón. Ignacio de Loyola decía que no basta con entender la cruz. Hay que sentir y gustar el amor de Dios en Jesús. Hay que pedir, decía, dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado. No para recrearnos en el sufrimiento, sino para descubrir cómo somos amados.

Este año y en cada momento de la vida necesitamos pararnos para renovar esta experiencia que hace el corazón. Porque cuando uno mira la cruz de verdad, siempre algo cambia por dentro. Uno empieza a sospechar que Dios nos ama y nos ha amado mucho más de lo que imaginábamos.

Cada año somos capaces de entrar un poco más en este misterio y entonces la cruz deja de ser un símbolo de derrota. A veces incluso pensamos que la cruz es resignación, como si el cristianismo alabara el dolor o lo exhibiera por las calles. Pero no es así.

Jesús no ha sacralizado el dolor. Jesús ha santificado el sufrimiento atravesándolo él mismo. Y no es una diferencia pequeña, es una diferencia de amor. El dolor por sí mismo no salva a nadie. Lo que salva es el amor que se entrega en medio del dolor. Por eso San Pablo dice eso desconcertante: “La cruz es escándalo, es necedad, pero para los que creen es fuerza de Dios”. Porque en la cruz hoy tenemos la posibilidad de descubrir algo decisivo.

El amor de Dios es más fuerte que la violencia, esa que se desata en tantos lugares. La entrega es más fuerte que el odio tan presente en nuestro mundo. La misericordia es más fuerte que el pecado. La entrega tantas veces invisible de la vida es acogida por Dios y transformada en amor. Y esa es la verdadera sabiduría de Dios que hoy está delante de nosotros y ante la que podemos presentar también nuestras propias cruces, nuestras heridas personales para que sean acogidas por el amor de quien las llevó todas ellas sobre sus hombros. Pero hay algo más sorprendente todavía.

En la cruz, Dios parece esconderse. Jesús aparece abandonado, golpeado, humillado, callado, un Dios crucificado y en silencio. Y ante este misterio que no entendemos, solo queda una actitud posible, reverencia, silencio y adoración. Porque ese hombre herido que vemos colgado del madero, es Dios que ha querido entrar hasta tocar nuestra fragilidad. Dios que no ha querido salvarnos desde lejos. Dios que ha querido cargar con nuestra historia para darle salida. Por eso la cruz también abre nuestros ojos. Si miramos al crucificado, como se nos dirá dentro de un momento, empezamos a reconocer otros rostros. Hoy, cuando contemplamos a Jesús colgado del madero, aprendemos a mirar desde el lugar del crucificado a todo nuestro mundo.

Es la opción que nos plantea este viernes santo. Contemplar y pensar el mundo desde Pilato o desde Herodes o desde el Sanedrín o desde la masa indiferente que está pasando por ahí y solo contempla lo que sucede.

O podemos, marcados por la cruz elegir y afrontar y mirar la vida desde quien sabe que está al pie de la cruz entre las lágrimas de María y la soledad del discípulo amado. Solo al pie de la cruz se recibe esta mirada, mirada que nos hace inmediatamente personas nuevas, porque desvela y saca del anonimato muchos rostros de tantos crucificados de nuestro mundo, los muertos de las guerras recientes, las ciudades arrasadas como efectos colaterales, los niños que no entienden por qué la violencia les ha robado el futuro, las familias que lloran a los muertos,  los refugiados que caminan entre países sin tierra ni hogar, los sufrientes de nuestra ciudad, vecinos y vecinas machacados por tantas heridas. En todos ellos Cristo sigue crucificado, sufre y atraviesa cada una de esas cruces.

La cruz, queridos hermanos, nos obliga a mirar de frente el dolor. Nos impide acostumbrarnos a la violencia, nos impide justificar la guerra como si fuera algo inevitable, porque cada vida rota es una herida abierta en el corazón de Dios.

Por eso este viernes santo también es una llamada, una llamada a colocarnos del lado de los sufrientes. Jesús muere víctima de la violencia y solidario hasta el extremo con todas las víctimas. Muere porque los seres humanos morimos y muere en el suplicio porque también nosotros matamos.

Él aparece como una verdad, pero es la verdad. Es una verdad incómoda.

Somos frágiles hasta morir y capaces de matar. Y sin embargo, Jesús nos abre otro camino: Antes morir que matar, antes entregar la vida que guardarla sin amor. Como cordero llevado al matadero, él no responde con violencia. Su valentía no es destruir al enemigo, sino algo mucho más difícil, eliminar la categoría de enemigo y sustituirla por la de hermano.

Por eso, desde la cruz pronuncia estas palabras que desarman la historia: “Padre, perdónalos”.

Ahí está la verdadera fuerza, ahí está la revolución de Dios. La cruz nos enseña que la paz no se construye con discursos, sino con vidas entregadas y con mucho perdón, con personas capaces de perdonar, de reconciliar, de sanar heridas, de negarse a devolver mal por mal.

“Padre, perdónalos”.

Murió entre los descartados y las víctimas. Y desde la cruz, este viernes santo nos pregunta, "¿Y tú de qué lado estás? ¿Del lado de los que condenan al inocente o del lado de los que miran más allá? ¿Del lado de los que alimentan la violencia o del lado de los que construyen la paz? ¿Del lado de los que miran a otro lado o del lado de los que se atreven a quedarse, aún sin entenderlo, al pie de la cruz?

Por eso este viernes santo no tiene la última palabra, hermanos y hermanas. La pasión forma parte de la Pascua. Dios no tolera que la violencia y la muerte tengan la última palabra. Por eso resucita a Jesús haciendo que la resurrección sea la última palabra de Dios. Es la más firme reivindicación de la vida. La confirmación de que la historia de los vencidos, de los fracasados, de los golpeados y los humillados nunca termina en la cruz.

Jesús mismo lo dijo muchas veces, el Hijo del Hombre tiene que padecer y resucitar.

Ese eco nos llega ahora para saber que la cruz no es el final del camino, es el paso. “Si morimos con Cristo, viviremos con Él”, dice San Pablo. Por eso hoy seguir a Jesús entendemos que es acompañarle en este camino, no solo en los momentos luminosos, también en las noches.

Entonces, el viernes santo deja de ser solo el recuerdo de algo que pasó hace 2000 años y se convierte en una llamada permanente para su iglesia y para cada uno de nosotros. No significa, no significa que nos desinhibamos. San Pablo lo dice de forma muy audaz: “Completo en mi carne lo que le falta a la pasión de Cristo en favor de su cuerpo, que es la Iglesia”

A la cruz no le falta nada. No significa que a la cruz le falte algo, significa que Dios quiere seguir amando al mundo a través de nosotros, que quiere contar con nosotros para seguir dando sentido a cada cruz y a cada entrega. Cada gesto de perdón, cada acto de misericordia, cada vez que alguien carga con el dolor del otro, ahí la cruz sigue viva. Por eso hoy no estamos ante un espectáculo, no somos espectadores del Calvario. Este es el nuevo Calvario. Somos parte del Calvario.

Somos personas amadas por ese amor y testigos como María y Juan. Necesitamos testigos al pie de la cruz para que esta hora sea tocada por Cristo. Por eso hoy Jesús nos dice algo muy personal: Todo esto es por ti, por tu vida, por tu historia, por tus heridas, por tus pecados, por tus esperanzas y también por nuestro mundo herido y por nuestra Iglesia.

Mirad el árbol de la cruz, abrid los ojos, dentro de un momento nos acercaremos a venerarla. Este gesto que haremos de inclinar la cabeza, de venerar la cruz, nos dice mucho. No besamos el sufrimiento, no besamos solo el dolor, besamos el amor, el amor de Dios que está mucho más cerca de lo que pensamos.

Y al acercarnos a la cruz, al venerarla hoy, quizá podamos decir en silencio: Señor, que al mirar tu cruz sepa poner ante ti mis cruces, las cruces de la humanidad, que sepamos reconocer a los crucificados de nuestro mundo, que no nos acostumbremos al dolor de los inocentes, que aprendamos a ponernos siempre del lado de las víctimas y que con tu gracia seamos con nuestras cruces en medio de nuestro mundo, artesanos de tu paz.

 

Vigilia Pascual

Bienvenidos a esta catedral. Bienvenidos en medio de la noche a todos los que estáis aquí. Bienvenido, mi hermano arzobispo Besarion, el metropolita de España y Portugal. Bienvenido y gracias por compartir con nosotros esta celebración que celebrarán la próxima semana también y espero que lo hagamos juntos. Gracias a mis hermanos obispos, obispo auxiliar Vicente. Gracias Adolfo también por estar aquí, a los vicarios y a todos los sacerdotes que hoy nos acompañáis y a parroquias que también estáis aquí porque queréis acompañar aquellos que hoy se inician en la fe, que hoy reciben el bautismo: la parroquia de Cristo Resucitado, de San Agustín, la de la Resurrección del Señor, la Concepción de Pueblo Nuevo, San Juan Bautista y Santa Catalina Mártir y a las comunidades también que hoy habéis venido a esta catedral a celebrar también vuestro camino, el Tránsito, Santa Catalina Labouré y la Merced. Y no podemos por menos de saludar y de daros un abrazo muy fuerte a aquellos que hoy os bautizáis en esta vigilia y os incorporáis de lleno en la vida de nuestra Iglesia.

 

Si esta noche estamos aquí, queridos hermanos, no es por casualidad. ni los que vais a ser bautizados, ni los que venimos de una u otra forma. En el fondo, todos somos buscadores, desde los más pequeños hasta los mayores. Hay en nosotros un fuego interior, una inquietud que cada uno sabrá cuál es, que nos ha traído a esta catedral esta noche. Quizá no sepamos explicarlo, pero en lo profundo, si estamos aquí esta noche es porque hay una llamada. Está atento. Dios siempre actúa y actúa en lo escondido. Se adelanta siempre en nuestra vida buscando a veces las grietas de nuestro corazón. Aprovecha cada rendija de nuestros blindajes, de nuestras rutinas, de nuestras resistencias. Como la primavera que brota en el árbol seco, así Dios en nosotros abre caminos en nuestras vidas donde parecía no haberlos. Entra suavemente,

sin violencia, para despertarnos como lo hace esta noche. Así hemos atravesado esta noche en medio de Madrid para reunirnos.

 

Y esta noche tiene mucho de la parábola de nuestra vida, atravesar las noches para venir aquí a la catedral. Hemos dejado otras ofertas, hemos salido de lo que hacemos todos los días y hemos acudido a esta cita que hemos preparado durante toda la cuaresma y no hemos venido solos, hemos venido a reunirnos como hermanos. Quizá no nos conocemos todos, es verdad, pero los que aquí estamos esta noche estamos vinculados por algo más profundo. No somos como los rostros anónimos que encontramos en el metro por las mañanas.

 

Somos un pueblo convocado por el mismo Señor después de la oscuridad del sábado santo. Hemos entrado hoy en una iglesia a oscuras y poco a poco la hemos ido iluminando.

 

Y es que así sucede siempre. La luz de Cristo nunca irrumpe con estrépito, sino es luz que disipa las tinieblas silenciosamente con una fuerza humilde y constante. Así la luz resplandece en las tinieblas y las tinieblas no pueden vencerla.

 

Quizá hemos venido aquí esta noche como aquellas mujeres del evangelio que se dirigían al sepulcro con perfumes y vendas, gestos pequeños aparentemente insuficientes ante el misterio de la muerte, como afrontar la muerte con perfumes y vendas y sin embargo, venían movidas por el amor. También nosotros esta noche llegamos con nuestras pobrezas, con nuestros perfumes y vendas, con nuestras contradicciones, incluso con la sensación de buscar a Jesús a veces en lugares equivocados. Pero hay algo que lo cambia todo. Mirad, el amor de Dios, como a las mujeres, el amor del que somos capaces es la pequeña grieta que Dios aprovecha.

 

Donde hay amor, allí está Dios actuando con poder. 

Ningún gesto de amor que pongamos se pierde. Ninguna entrega que hagamos es inútil. Cada intento, cada cuidado, cada detalle, todo se convierte en la puerta por donde Dios entra. Y entonces comprendemos esta palabra: “ha resucitado, ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”.

 

Esto no pertenece al pasado. No es simplemente que Cristo resucitó, sino que resucita hoy aquí en nosotros, delante de nosotros esta noche en esta grieta de amor que cada uno hemos abierto al decir sí a la Pascua.

 

Al acudir esta noche cargando con tus viernes santos y con tus sábados santos, si hemos muerto con él, resucitaremos con él. No es solo un futuro lejano.

 

Hoy empieza.

 

La Semana Santa ha tocado lo más hondo de nuestras vidas. Tal vez lo hemos percibido claramente o quizá no, pero no importa.

 

Dios actúa incluso cuando no lo comprendemos todo. Dios aprovecha cualquier rendija para verdear todo lo que has entregado, todo lo que has puesto en la cruz cuando te atreviste a mirarla de forma renovada. Todo lo que has ofrecido, aunque te salga mal. Todo en definitiva, cuando pasa por la cruz, tiene futuro. Lo repito, tiene futuro.

 

El amor que ha atravesado la cruz es más fuerte que la muerte. Y esta vida se nos regala hoy en la resurrección hasta la vida eterna, como se os dirá a los que vais a ser bautizados.

 

Por eso, hermanos, hoy todo tiene sentido: nuestra vida, nuestra historia, cada pensamiento, cada ofrenda y lo descubrimos de un modo especial ahora que estamos juntos en medio de la noche, porque la fe, como la luz que hemos encendido hoy, se enciende en comunidad, de modo que nos despertamos unos a otros para acoger así juntos en este gran candelero la noticia: Cristo ha resucitado.

 

La noticia, pues, no es nueva, hoy la actualizamos. Dios lo ha apostado todo por cada uno de nosotros, no por una multitud anónima, sino por ti, por cada uno de los que estamos aquí. El Padre esta noche entrega a su Hijo y esta noche nos presenta a nosotros, su Iglesia, a todos juntos. El Padre nos presenta como fruto de la Pascua. Y hoy Jesús nos mira a todos juntos, a uno por uno. Y el Padre le dice a Jesús, "Hijo, aquí están, aquí están los que han venido. Estos que aquí ves, son los frutos de la Pascua. Estos son tus frutos. Míralos que ya los conoces, hijo. Mirándolos a ellos, ¿no ha merecido la pena?"

 

Y Jesús mirará también esta noche al Padre y nos mirará a todos nosotros con nuestras historias y le dirá así: "Sí, Padre mío, ha merecido la pena porque están juntos en medio de la oscuridad. Todo ha merecido la pena”.

 

Sí, hermanos, ha merecido la pena por nosotros. Somos consagrados, consagrados por el bautismo y hoy lo reviviremos de forma especial. Somos un regalo para Cristo. El Espíritu Santo nos habita y nos recuerda esta noche que somos hijos, pueblo, ofrenda viva. Quizá no lo comprendemos de todo ni lo comprendimos en nuestro bautismo, pero esta noche se nos concede la posibilidad de ahondar en este misterio. Estamos injertados en Cristo. Participamos de su misma vida, de su esperanza, consagrados.

 

Esta noche tiene el don de hacernos sentir con mayor profundidad que somos consagrados desde el bautismo. Ser consagrado es ser un regalo de Dios, un regalo que el Padre hacia el Hijo. Es acoger el misterio que nos hace sagrados a todos nosotros. Porque el Espíritu pasa por nosotros y nos susurra. Tú eres un regalo de Dios. Y al mismo tiempo a todos juntos nos dice hoy, juntos, Iglesia, que os reunís a celebrar esta vigilia: sois un regalo de Dios.

 

Ha sido necesario atravesar muchas noches hasta llegar aquí y tomar conciencia de que la vida de Cristo corre por nuestras venas, pero su esperanza habita en nosotros y su espíritu vive en nuestro interior. Solo nos pide que nos atrevamos a decir sí a la Pascua. Respiremos en esta verdad. Respiremos.

 

Llevamos la huella de Cristo. Por eso ninguna gota de amor se perderá. Nuestra vida es sagrada, tiene valor y sentido porque Jesús la ha abrazado, nos ama, cuenta con nosotros y vive con nosotros hasta la vida eterna.

 

Por eso necesitamos renovarnos y purificarnos. Por eso la Pascua no es solo algo que celebramos, es algo que somos. Dios pasa por nosotros en esta noche. Estamos en Cristo y somos más de él. Esta noche lo reconocemos de forma especial y dejamos que Jesús florezca en nosotros. El anunciarlo y transparentarlo será la consecuencia de esta acción. No busquéis entre las cosas muertas a este Dios. No busquéis en los sepulcros, que allí no está. El amor nos pone en marcha hacia los lugares de muerte, pero allí nos topamos con la experiencia de que Jesucristo no está en el sepulcro, está en esta celebración, está en la vida de los sacramentos, está en el alimento de la oración, está entre los suyos, está en la vida, en el amor concreto, en el esfuerzo de todos los días, en el cuidado a los demás. Está en el cansancio ofrecido y en la entrega silenciosa.

 

Cristo vive en todo el que ama y también Cristo se queda con nosotros en aquellos que han pasado por la cruz, en los despejados, en los pobres, en las víctimas. Esta Semana Santa nos ha recordado el dolor de tantos hermanos víctimas de las guerras. Su sangre es semilla de vida, pero Cristo se queda en cada herida, en cada llaga, sosteniendo, redimiendo y permaneciendo.

 

El ángel dijo a las mujeres, "No está aquí donde esperaban." Quizá nuestro mundo necesita hoy ángeles que anuncien lo mismo. Nos necesita a nosotros, a cada uno de nosotros, para seguir iluminando como hemos hecho hace un momento a la entrada de la celebración. y tú, cada uno de vosotros, hemos sido convocados esta noche para ser un nuevo ángel, para decir con tu vida: “No está aquí. Cristo vive”.

 

Sí, tal vez esto es una locura. Locura es lo que hemos hecho, salir en la noche. Locura es creer en lo invisible, locura es estar de pie tanto tiempo como estáis muchos de vosotros que no hemos encontrado sitio, pero es locura de amor, es la locura de la fe, es la locura de saber que somos parte de Cristo.

 

Queridos hermanos, vivamos como lo que somos: Pascua viva. Dejemos que Dios florezca en nosotros y junto con los bautizados anunciemos con alegría Cristo ha resucitado. Amén.

 

 

[Transcripción realizada por Javier Alonso]